domingo, 29 de abril de 2012

El Beso de Las Artes




Bajo el atardecer de un día penúltimo de abril, el pueblo durmiente aceleraba el monótono ruido de los pasos en los incautos, sobre aceras que anduve contigo en busca de un poco de paz.

Las conversas casuales con final dual, se acomodaban en cada articulación prolongada que propone el misterio del gris, convertidos en sonetos para tus memorias de dama y tus movimientos de mujer; de aquella dama que busqué en el pasado y que no encontré.

Caminábamos en esa libertad de las memorias hacia lo lejano del ruido y de conocidos, huíamos de la vista de aquellos que no miran nuestros cuerpos, pues no cabemos en sus retinas carente de pulcritud; luego, de una caminata de un cuarto de hora, llegamos a una estancia de paredes color verde con luces cálidas y piso blanquecino, nos ubicamos en los sillones bajo la terraza, donde el viento era el unánime testigo del encuentro de nuestros ojos con sus almas. Allí, en esa estancia, te confesé el misterio de los días que se convirtieron en siglos, del ángel que amó a una mujer, de mis sentidos para tus conceptos, mientras el sabor del frío cítrico gustaba en el paladar; oí tus palabras y las pulsaciones de tu grácil corazón, de tu convencimiento sin dudas para un camino donde se guardan los sortilegios que seriamos ambos.

El tiempo acumulado en la estancia dejaba entrever la presencia del nocturno, salimos del lugar para guarecernos en los ajenos, en los extremos de las vías ligeramente vacías de seres nómadas, donde fue el continuo del preámbulo de las conversas extrañas en la tenencia de tus ojos; hubo unos zig zag de pasos, unos zig zag de palabras trémulas que nos acercaron, me ofreciste tu cuello el cual besé con el sabor de tu aroma, y mi abrazo te capturó en el instante, desvié mis labios hacia los tuyos para engendrar un beso que al inicio rechazaste y que terminaste aceptando con toda tu voluntad de un cielo unísono, y fue, un beso con esa idiosincrasia en tus pequeños labios, en  tus hermosos pequeños labios de amor de mujer con el sabor de tu nombre, entonces, empezaba nuestro tiempo, ese hermoso tiempo capturado de amor y libre de conciencia para las noches de terciopelo bajo lumbres que dibujarían nuestras siluetas sobre espacios furtivos en la calle de las artes.

Autor: Raúl Silverio Carbajal
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foto: google