lunes, 19 de marzo de 2012

Mi Hermoso Ángel de Luz



















I

Mira lo que me has hecho ángel fémina de luz, mi hermoso ángel de luz

 II

Sonreía contigo en esa distancia sutil de tu creencia y la mía, en las argucias de las auras, entre las suaves telas de tus alas, y en tus ojos juguetones bajo copos de nubes de los aires lejanos.

En el amanecer hasta el telón de las primeras sombras, te contemplaba en los caminos polvorientos, ¿recuerdas el polvoriento blanco de las vías bajo el inclemente sol y un crucifijo cercano en el olvido y nuestras siluetas en el polvo inerte?

Oh mi ángel de luz, mi hermoso ángel de luz.

Me detenía a observarte en el sabor de un beso con aroma a vino en tus labios pequeños, en aquel rincón destartalado donde sueles guarecerte y que nadie conoce; en aquellas sombras de ramas de árboles que cobijaron las imágenes estáticas, y la luna en blanco y negro que te obsequié cuando la estrella era en dirección sur.

Oh mi ángel de luz

Tu estancia cae en mi desatino de creencia, y no lo puedo evitar.

III

Crucé el océano diferente, el aturdido espacio donde vagan las almas y quebré el tiempo junto al destino para llegar a ti.

Obtuve el color del  mortal para aproximarme a tus sentidos de urbe, y solo bastó una simple articulación de verbos para que te dieras cuenta de que yo estaba en tu vía desde hace siglos, que te había encontrado y que no te dejaría, aunque el nefasto interfiera en lo ajeno.

Seguí la luz de tus pasos, de tus sutilezas y de tu virtud, en aquellos días y sus noches con sus farolas que iluminaban nuestros rostros, cuando el silencio del viento observaba el hermoso amorío.

Pero, tu eres el ángel de dios, de un dios cruel que te arrebató de mi fe y te entregó al placer mundano de un mortal, y en el intento de perpetuarme contigo, dijiste que no, y no te vi alejarte, no te oí despedirte, no sentí el temblor de tu cuerpo con su tibieza que congeniaba con la mía, y me quedé vacío, extraviado y sin sentido, con tu nombre en mi conciencia y tu lejanía en mis ojos.

Mi hermoso ángel de luz. Volveré a cruzar el océano diferente, el aturdido espacio donde vagan las almas y quebraré el tiempo junto al destino para llegar a ti, otra vez, y no habrá dios que te separe de mi lado jamás, porque dios entonces ya no existirá.

Autor: Raúl Silverio Carbajal
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imagen: google

domingo, 11 de marzo de 2012

Observándote








Observándote desde la lejanía y cerca de la memoria, mi hermosa dama, tan lejos del bullicio y de los insensatos nefastos, entre colores celeste cielo y blanco arena que asemejan a las telas de tus días festivos, tan cerca de los espejismos que no saben dibujarte.

En el ego de las ánimas, aún conservo tus melodías, tus facciones y cada arrebato de seducción de tus ojos marrones, en el estío compartido y polvoriento, o en vías de asfalto oscuro como los destinos ajenos que observan desde ventanales como a dos simples transeúntes que cruzan las delgadas aceras del nocturno.

Autor: Raúl Silverio Carbajal
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martes, 6 de marzo de 2012

En la Desesperación de Abrazar al Cielo



 En la desesperación de abrazar al cielo
 
En la lejanía de las vivencias sin auras, en el marchito de las voces  sin voz, aguardan los desposeídos de la gracia, aquellos que abandonaron sus almas en los desiertos de los espejismos de los sentenciados.

Las primeras núbiles, saciaron con sus cuerpos intactos a los peregrinos azules, ellos llegaban adornados con sus estandartes de fe tan impura como su banal creencia de paz, otorgando  la ansiada libertad a los bastardos que siguieron sus pasos en el fango de sus lienzos blancos.

El tiempo es próximo al fin de los días en la cercanía del mar, en la cercanía del tropel del hermoso fuego tornasol e idólatra como su antecesor que trae el linaje del temporal.

La necedad de abrazar al cielo es imposible y hermosamente tardío.

Autor: Raúl Silverio Carbajal
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En el Intento de Tocar el Cielo



Cuando las auras logran el cotidiano de acciones ajenas, tan vulnerables que intercambian con aquellas propias a la media mañana de cualquier día que no aguarda a la noche, pues la carencia del tiempo se remonta hacia el génesis diferente, ante un dios observante y sin privilegios, es cuando deseo tocar el cielo.

En el tiempo de los peregrinos azules, cuando estos desafiaban a los infieles para hurtar el sabio conocimiento del oscuro.

En el tiempo de los romances y de orgias tan hermosas y sutiles hasta el hartazgo de las sienes y de los tactos pulcros sobre santuarios abiertos.

Entonces el cielo podía esperar.

Autor: Raúl Silverio Carbajal
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